Fábulas para niños del siglo XXIII por Ricardo Calderón Inca
Breve comentario sobre «Fábulas para niños del siglo XXIII» de Gonzalo Del Rosario (Trujillo, 21/04/21)
Si recordamos un episodio de nuestras vidas, la presencia de algún animal, propio o ajeno, nos ha atravesado, alguna vez, el camino o quizás el corazón. Recordemos que, en la prehistoria, el hombre de las cavernas ha registrado su pensamiento simbólico a través del arte rupestre de animales, dejando claro su vínculo por medio de representaciones de más 40000 o 50000 años. Este fenómeno no solo quedó plasmado con la pintura rupestre, sino también a través de la literatura. En el ámbito de la historia literaria universal, hemos tenido como personajes principales o acompañantes, a diferentes animales simbólicos que han servido como herramientas o vínculos de exploración de nuestras emociones o sentimientos. Asimismo, sabemos que los animales se hallan con rigor en las fábulas, pues sirven como personajes que reflejan la extensión de la imaginación y favorecen a ese primer asombro en los niños. Estos pequeños se inquietan al reconocer en ellos cualidades antropomorfas, humanitarias y, sobre todo, el manejo de un lenguaje que ya no es del todo exclusivo.
En su último libro de Gonzalo Del Rosario, «Fábulas para niños del siglo XXIII», no apela a la estructura convencional de una fábula, a pesar de llevar su nombre en el título. Sin embargo, sí tiene ese discurso y esos elementos argumentativos que tienen los relatos breves y ficticios: los personajes animales no dialogan ni son alegóricos, pero encarnan situaciones emotivas que se reflejan en los humanos; no existe una moraleja final y expresa, pero existe un mensaje metafórico que tiene que descubrir el lector; y, finalmente, parece ausentarse la ficcionalidad, es decir, desaparece los escenarios y personajes imaginarios, pues al leer las cinco historias, da la impresión de encontrarnos frente a contextos más cercanos a lo real que a lo inexistente.
Por otro lado, los temas que aborda Del Rosario giran en torno a las acciones o a las ausencias de acciones de Alonso, personaje central en la narración, sin embargo, se ven canalizados a través de los cinco animales que se observan desde la portada de su libro: un conejo, un pacaso, unos sapitos, un pájaro y una perrita. Además, cada uno de estos animales tienen un nombre, pues son tratados como mascotas por Alonso: Lomito, el pacaso; Einstein, el loro; Buster, el conejo; y Linda, la perrita. Solo un grupo de animales no tienen nombre, pero sí un lugar de procedencia: los sapitos de Cabanillas. Estos seres “irracionales” utilizan, indirectamente, los estadios de los seres humanos. Ven en los procesos del hombre, un recipiente para la extensión de sus vacíos y limitaciones. En cuanto al personaje intermitente en las historias, Alonso, se describe como un niño curioso, inquieto e hiperactivo: «el típico gordito solitario» (p. 41). Este púber presenta apasionamientos por los animales que lo aíslan de la cotidianidad: «Yo era feliz con mi Lomito a quien también veía sonreír con esos ojazos aunque su cara siempre fuera la misma» (pp. 10-11). Igualmente, se visualiza ese amor solitario por su perra Linda, aunque no fuera del gusto exquisito de su familia limeña: «… Linda alegraba con sus ladridos las bullangeras noches de fiesta durante los fines de semana en aquella “humilde casita” de San Borja» (p. 40). Y, a pesar de que no se evidencien diálogos expresos entre los animales, existe una historia contada desde la mirada de Einstein, un ave que parece conformarse con la pasividad de su jaula y de su hábitat. A pesar de esta situación, el ave bosqueja la independencia, ese miedo a experimentar por primera vez la libertad: «Soñar que existe un mundo más bello que este dolor gris. Sé que esa libertad tan ansiada puede también convertirse en mi perdición. No me importa, es mi sueño, y los sueños, por lo mismo que son hermosos, difícilmente se vuelven realidad» (p. 23). No obstante, la inocencia y las travesuras de Alonso, suelen trastocarse en estados de inconsciencia, en acciones ligeras y despectivas por la vida, cambios de humor que parecen rozar con la inestabilidad emocional. Por ejemplo, lo podemos observar a través del interrogatorio que se hace sobre la crianza de su conejo Buster: «¿O cuando lo sujeté de las patitas traseras como carretilla y me sorprendió escuchar por primera, única y última vez el chillido de furia de un conejo desesperado por huir de su captor?» (p. 33). Otra situación en donde podemos apreciar, con mayor notoriedad, ese sabor agridulce de observar a breve distancia la muerte, lo encontramos en la fábula Los sapitos de Cabanillas: «Luego vi a un sapito mediano saltando y también lo empujé…, para locura de las aves, quienes lo picotearon hasta que una gallina le sujetó de una pata y se lo llevó colgando» (p. 55). Además, el narrador describe cómo el niño parece disfrutar en automático el descuartizamiento que se genera en el corral: «Los demás pollos corrieron tras ella y se disputaron las otras patas del sapito: lo jalaban como Túpac Amaru, hasta que la más fuerte se lo llevó a su rincón y siguió picándolo» (p. 55). Tal vez Del Rosario no quiera un mundo solamente ficcional, sino una mirada abierta, realista y sincera para los «nuevos niños».
«Fábulas para niños del siglo XXIII» es un libro que debe ser estudiado y leído con detenimiento, pues hallaremos numerosos argumentos: riqueza en su lenguaje, los viajes como aprendizaje, lugares explorados y por explorar, contrastes entre clases sociales, relaciones familiares, lazos paternales, evocaciones de primeras experiencias, recuerdos infantiles, distanciamientos, pasajes cinematográficos, disrupción de la niñez a la pubertad, la analogía entre la libertad y la supresión, la importancia del medio ambiente, el valor del hábitat y su discordia con la ciudad, entre otros ejes temáticos. Parece que el ingenio, humor y gracia del autor, intenta, como en las pinturas rupestres, dejar trazos miméticos de aquellas convivencias espontáneas.
Finalmente, y para cerrar este comentario, seré breve y responderé a la primera interrogante con otra pregunta: ¿qué sería de la vida de una mascota sin la presencia de un niño(a)? Solo Gonzalo Del Rosario tiene la palabra final ante esta vacilación. Y quizás, solo quizás, el aprendizaje de la vida y su incertidumbre se resuma en la voz de Alonso: «Todo lo que después me ensañarían en las clases de historia y geografía, ya lo había visto a los diez años» (p. 62).
Ricardo Calderón Inca
Publicado en su perfil de Facebook (25/04/2021)

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