Fábulas para niños del siglo XXIII por David Navarrete
"Recuerdos y ensoñaciones en Fábulas para niños del siglo XXIII, de Gonzalo Del Rosario"
La escritura de Gonzalo Del Rosario ha pasado de constantes certezas a firmes incertidumbres. En sus primeros relatos se evidencian claramente situaciones ilógicas propias de la vertiginosa contemporaneidad; en Taxi, por ejemplo, una joven es capaz de desprenderse de su cuerpo, parte por parte, con tal de cumplir con un trabajo universitario. De igual forma, en los demás cuentos de su libro Cuentos Pa’ Kemarse los juegos de la escritura se hilvanan desde lo absurdo, porque el autor tiene la firme convicción de que el mundo lo es.
Ahora bien, en los últimos relatos de Gonzalo Del Rosario noto algo distinto: ya no existe la certeza inicial sobre lo absurdo; por el contrario, sus cuentos sufren -de repente- variaciones de escenarios, acontecimientos y personalidades. En las historias de su libro Caleta, por ejemplo, los personajes centrales están envueltos en una realidad plagada de zombis, invasiones, plagas y escenas grotescas que solo al final el lector puede intuir cómo se resuelven. Lo absurdo, en este sentido, ya no es génesis de certezas; sino, de incertidumbres.
Con su último libro Fábulas para niños del siglo XXIII Gonzalo Del Rosario ha propiciado un espacio ficcional para la crítica y el cuestionamiento de su propia narrativa. En medio de las certezas propiciadas por lo absurdo y la incertidumbre de lo ilógico, aparece un conjunto de historias que son capaces de recordarnos cómo el recuerdo de la infancia es capaz de cobijarnos, aunque sea por breves momentos, en el privilegio de la felicidad. Las ‘fábulas’ de este libro nos devuelven la ternura, el cariño y la inocencia que de adultos ya hemos olvidado.
En las fábulas de Gonzalo Del Rosario, junto con la ensoñación de la inocencia temprana, destacan las mascotas; seres que muchas veces representan para los infantes la primera manifestación del amor desinteresado y honesto. Pienso que uno de los aspectos más significativos del libro es la forma en cómo una iguana, un pajarito, un conejo y la entrañable perra Linda pueblan la niñez del narrador protagonista. Los sapitos de Cabanillas merecen mención aparte. El nombre de cada mascota se convierte en el elemento gatillador que nos devuelve a ese preciso instante en el que el significado de amistad comenzaba a consolidarse. Las mascotas han sido una constante en la vida de los seres humanos y más en la niñez. Aun cuando muchos no pudieron tener un perrito o un gatito en casa, de niños compartieron el cariño de animalitos ajenos, como si fueran suyos.
Lomito es el cuento inicial del libro. Su personaje principal, Lomito, es una iguana que el pequeño Alonso confunde con un dinosaurio bebé. Este pequeño reptil, además de ser el compañero de viajes fantásticos, se convierte en el centro de las atenciones; “de tan entretenido que estaba con Lomito me había olvidado ya de hasta salir a jugar con mis amigos de la quinta. Bueno, no todos tienen la oportunidad de criar un dinosaurio como mascota”. El paso de esta mascota por la infancia del protagonista es fugaz, sin embargo, el recuerdo lo eterniza y las páginas de este relato lo vuelven a poner frente a nosotros.
El cuento Einstein es el que más destaca del libro. A diferencia de los otros relatos, aquí estamos frente a un narrador que -desde su condición de mascota- es consciente de su cautiverio. Su protagonista, un pajarito encerrado en una jaula de pequeñas dimensiones, reflexiona sobre su condición carcelaria mientras un grupo de niños lo contemplan e intentan comunicarse con él. Más que una historia sobre el encarcelamiento, el relato nos permite pensar en la posibilidad de que el ser humano tome consciencia sobre el sufrimiento de los seres vivos y entienda que los espacios de vida animal no se encuentran dentro de las construcciones domésticas. Al final, Einstein no puede lograr su tan ansiada libertad, por más que la jaula ha sido abierta.
Los otros cuentos del libro son Buster, mi perrita Linda y Los sapitos de Cabanillas. El primero es protagonizado por un tierno conejo plomo que poco a poco, sin proponérselo, comienza a ser parte de la vida del protagonista. Su final representa la esperanza a la que nos aferramos cuando no queremos reconocer cómo el paso del tiempo nos lleva a la inevitable muerte. Mi perrita Linda es quizá el personaje que más identificación logra con los seres humanos. En el relato, la tía limeña del protagonista asume desde un inicio que Linda es parte de su familia y, por tanto, debe gozar de los mismos privilegios. La humanización del personaje se presenta de manera natural y verosímil; por eso, no nos sorprende su final.
Finalmente, en Los sapitos de Cabanillas, un grupo de sapitos se encuentran en un estanque mientras el protagonista y su padre crean un momento que luego será eterno. Este relato evidencia claramente el propósito del libro: que los lectores volvamos a contemplar nuestra infancia y que -junto a las personas que amamos- volvamos a ser felices.
David Navarrete Corvera
Publicado en el diario Correo La Libertad (16/04/2022)
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